sexo nuestro, que estás en los cielos

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No encuentro gentes más obsesionadas por el sexo, con el sexo, para el sexo que los diversos profesionales de las diversas religiones. Todos. Todas. La generalidad de ellos, en su calenturienta obsesión, pretende reconducir algo natural, deseable y divino –el placer- a algo eventual –la procreación. Su arma, a la que le hacen el juego incluso quienes están inmersos en el gay way of life, es la artificial ecuación sexo-amor. El sexo sin amor, así, sería malo, pecaminoso, perverso. El sexo con amor –para ellos, único verdadero- solo sería legítimo si está animado por la voluntad de procrear, de “participar del poder creador de Dios”, nos dicen. Y se quedan tan anchos, al menos de cara a la galería; porque, después, la procesión va por dentro. Con perdón.

Y, por descontado, hablan siempre del sexo en plan heteronormativo. Y a esta heteronormatividad tan eficazmente impuesta y consuetudinariamente asimilada hacen el juego demasiadas personas gays (LGBTI etc les gusta ser llamados), también en páginas de contactos, de tomateo, cancaneo y putiferio en las que, bajo una sugerente foto de un maravilloso ojete peludo y tragoncete, o de una turgente, pimpante y tonante verga, aparecen pies de este tenor: “no busco sexo por sexo”, o “abstenerse quienes solo buscan un polvo”, o “busco amistad”. ¡Los cojones!

Hipócritas, unos y otros. Enfermos.

Habláis de obsesión por el sexo desde vuestra puta obsesión por el sexo. Desde el papa Francisco, actualmente reinante, hasta el dalai lama –océano de homofobia-, todos quieren controlar el tema. ¿Por qué? Porque son perfectamente conscientes –Wilde dixit- de que quien controla el placer controla la totalidad de la persona.

Al final es cuestión de control. Y el control conduce al miedo, el miedo a las ansias de salvarse, y las ansias de salvarse a pagar por la salvación. La pela es la pela. Al final, pues, todo es cuestión no de dioses ni diosas, ni Cristo que lo fundó, sino de dinero. Mientras menos folléis, más dinero pagaréis, mancha de descerebrados y descerebradas.

Continuad, seguid haciéndoles el juego a estos avispados barra depravados, si podéis pagároslo.

Pagad, pagad, malditos.

Por el contrario, nada hay más liberador, nada más emancipador que un polvo. Ante su inocente pujanza se ven abatidas, reducidas a arena, las murallas de Jericó de la imposición religiosa de los profesionales de todas las clerecías. Vuestro polvo es su puta ruina. Así pues, ¡a qué puñetas esperáis!

¡Fornicad!

 

 

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la santa comunión

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Había quedado con él por chat. Mi hotel estaba muy cerca del aeropuerto y era bastante cómodo para recibir compañeros sexuales, ya que el visitante no debía pasar por recepción, sino que iba directamente a la puerta de la habitación. El edificio era una mezcla entre claustro monástico y motel de carretera, con todas las habitaciones orientadas al exterior.

Habíamos quedado en que habría muy poca luz. La oscuridad total era imposible, pues la persiana no garantizaba la noche. Cinco minutos antes de llegar, me avisó por correo electrónico: estoy aparcando. Apagué la pantalla del portátil y me senté en el suelo a esperarle. Dio un par de toques en la puerta, le abrí y pasó al interior.

Fabien era un magnífico ejemplar de macho de 25 años, fofisano, sin afeitar, vestido con mono azul de trabajo en mantenimiento aeronáutico. Calzaba deportivas negras. Acercó su bragueta a mi cara, se bajó un poco el pantalón, lo suficiente para dejar su polla y sus huevos al descubierto. No estaba circuncidado. Sin saludarle, empecé a mamársela lentamente y pude sentir cómo aquello iba creciendo sin pausa en mi boca. El no se movía, simplemente gozaba. Me agarré a sus nalgas y me dediqué a servir a su rabo. Apenas habían transcurrido treinta segundos, cuando me susurró, guturalmente: por favor, cómemela muy rápidamente, que me voy a correr. Eyaculó en mi boca, jadeando de placer, mientras lanzó a la penumbra del cuarto un sonoro ¡coño! Me comí toda su corrida, sin sacar de mi boca aquella deliciosa carne.

Le bajé totalmente los pantalones, sin llegar a quitárselos, y le dije que se tumbara en la cama. Allí continué chupándosela. Aquel pene tenía una portentosa capacidad de recuperación, porque la segunda corrida llegó enseguida, inundándome la boca con sus riadas. Tragué todo, me la saqué, le agarré las piernas por los tobillos e introduje mi lengua en la raja peluda de su culo de macho. Los jadeos y estertores de placer se sucedían sin interrupción. Cepillé mil veces aquel hoyo. Mientras tanto, le quité la zapatilla izquierda dejando al descubierto su pie envuelto en el calcetín blanco deportivo. No le di tregua. Su nabo se había puesto tan tieso y duro, que parecía fuera a explotar disparando el glande contra el techo de escayola. Mientras yo seguía comiéndole el culo, él empezó a pajearse con saña. Le aparté la mano, porque no deseaba yo que su semilla cayera en tierra: era mía, me pertenecía. Sus ojos me suplicaban que se la mamara.

Me la volví a meter en la boca sin disminuir el ritmo de la felación. Agarré sus piernas e hice que las colocara descansando sobre mi espalda. Mis manos, por encima, se introdujeron en sus axilas, tironeándole del abundante y larguísimo vello. Apretó sus piernas contra mí en los instantes previos al orgasmo. La tercera corrida, también muy intensa, llegó contrapuntada por su respiración agitada. Me volví a beber toda su leche: un sabor intenso, con retrogusto amaderado amargo en el velo del paladar, muy aromática.

Me tengo que ir, me dijo. Se calzó la zapatilla, se levantó, le subí el pantalón ordenando en su interior rabo y cojones, y desapareció con un simple adiós.

Me tumbé en la cama, que aún conservaba un rastro de su calor, y me hice una paja de impresión.

Su olor corporal seguía impregnando la habitación. Y mi recuerdo.

Aquella misma noche vino a verme Cyril, también de 25 años. Muy alto, casi dos metros, vestía vaqueros rotos, camiseta gris y deportivas blancas muy curradas. Iba muy limpio. Entró y me sonrió, comenzando inmediatamente a desnudarse sin más. Venía morcillón: cuando se quitó los gayumbos de lycra gris, la gravedad de su capullo empujó su badajo hacia el parqué. Le acaricié las pelotas -apretadas y bonitas- y él me invitó a metérmelas en la boca. Era como saborear dos bombones bien rellenos de crema viril.

Le comí la polla con mucha hambre, realmente estaba yo muy caliente. Solo veía sus calcetines deportivos, y sus rodillas acercándose y alejándose y otra vez acercándose, marcando la cadencia de la follada de boca que el buen Cyril me estaba propinando tan a mi gusto.

Necesitaba saborear todo aquel cuerpazo de macho joven. Le tumbé boca arriba en la cama, y me dediqué a su verga, enhiesta y potente. Mis maniobras orales eran muy de su gusto, a juzgar por los dulces gemidos que sin cesar emitía. Yo mamaba, y mamaba, sin dejar de mirarle a los ojos, absorbiendo su mirada, aquella profecía de orgasmo. De pronto, me sacó el rabo de la garganta, me puso con enorme fuerza a cuatro patas y se situó a mi retaguardia: iba a joderme. Intentó penetrarme, pero tuvo que ponerme saliva en la puerta para poder acceder a mi interioridad. Cuando me encajó la cabeza del nabo, noté cómo latía en las paredes de mi recto. Pegó una embestida y se me clavó a fondo, con el consiguiente dolor que reveló mi suspiro. Se agarró a mis caderas y se dedicó a bombear sin piedad. Un profundo y placentero bienestar sucedió al primigenio dolor de ser enculado. Yo le animaba constantemente, a fin de que no cejara en el increíblemente dulce empeño.

¡Ah, Cyril! Qué poco tiempo conmigo -en mí-, pero cuánto placer.

La polla me abrasaba las paredes del recto. Su vello púbico me cepillaba las nalgas. Empezó a gemir largamente.

Me la sacó, se tumbó en la cama y me dijo sácame la leche. Encajé mi cabeza entre sus piernas, sus cojones en mi diestra y su tranca en mi boca, conquistando su glande mi garganta. Mamé y mamé, bombeé hasta que sentí un delicioso y cálido chorro al que sucedieron otros tres. Bebí aquel néctar, sentí cómo atravesaba mi esófago e inseminaba mi estómago.

Aquella noche dormí pleno de Cyril.

Alá es… ¡enorme!

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Mientras le esperaba -su autobús habría llegado haría ya unos cinco o diez minutos-, salí al balcón a echar un cigarrillo. En el silencio de la hora de la siesta, escuché sus poderosas pisadas, y giré la cabeza a mi izquierda. Allí, a unos cien metros de mi portal, venía él: tranquilo, fuerte, decidido. Miró el número en el dintel y accionó el telefonillo. Fui a abrirle.

Era impresionante. Aquella mole de carne joven esculpida, a mi entera disposición. Me llamó la atención su camiseta ceñida, apretada, marcándole la pujante musculatura. Su trasero, marcado, redondo, parecía pugnar por liberarse del pantalón vaquero. En los pies, unas zapatillas negras de deporte, con las suelas y los cordones blancos.

Lo que me marcó fue su aroma. Lo aspiré, vampirizándolo. Limpieza, gel de baño familiar y un suave y discreto punto de sudor limpio. Más sus feromonas.

Le invité a sentarse en el mismo sofá que ha conocido tantas posaderas de tíos. Tomé asiento a su derecha. Le inspeccioné todo el cuerpo con los ojos: estaba muy empalmado. No paraba de sonreírme, tranquilamente, con seguridad en sí mismo. Le puse una mano en su bragueta, que reaccionó a mi roce con un latido. Se la sobé, y suspiró. Me echó mano al cuello y aproximó mi cara a su bulto. Lamí aquella deliciosa portañuela, la mordisqueé suavemente sintiendo en su interior el volcán en cuyos adentros se acumulaba el magma ardiente.

Empecé a comerle la boca saboreando su lengua, sus labios, sus dientes, su saliva. Al acariciarle la cabeza, noté que se había pasado un poco con el fijador. Me levantó la camiseta y lamió primero y mordió después mis pezones; sin dejar de desviar la mirada hacia su paquete, indicándome con lascivia que lo liberara y se lo comiera.

Desabroché lentamente los cuatro botones, agarré su polla y la saqué al exterior. Tenía forma de pez, con la circuncisión propia del magnífico ejemplar de macho bereber que tenía a mi lado. Se llamaba Faisa.

Me la tragué hasta la garganta. Sus pelotas, pequeñas y desprovistas de vello, eran canicas entre mis dedos. El me acariciaba rítmicamente la cabeza mientras yo hacía que su verga poseyera mi boca. Aquello le latía y se auto lubricaba con generosidad. Le quité las zapatillas de deporte, y le dejé los calcetines negros taloneros. Unos pies grandes, sin ser desproporcionados. Le invité a ponerse de pie por gestos, sin parar de chupársela, agarrándome a sus nalgas para que no saliera de mi laringe.

Nos fuimos a mi habitación. Ya tumbado en la cama -los pies se le salían por delante-, acabé de desnudarle totalmente, me quité yo a mi vez toda la ropa, le puse saliva en el glande y me senté encima. Le costaba trabajo entrar en mi recto. ¿No tienes crema?, me dijo. Del primer cajón de la mesilla de noche extraje un bote de lubricante, y le barnicé el miembro. Volví a sentarme encima, y esta vez se encajó en mi interior hasta el tope. El me besaba con mucha dulzura, sin ceder en la follada que me estaba propinando. Se puso muy caliente, se incorporó y me comió las tetas con ansia. Su barra de carne estaba bombeándome sin parar.

“Me corro”, dijo mirándome. Yo aumenté el ritmo de la cabalgada, hasta que el hermoso africano se vació en mí, tomándome al asalto con su flujo vital. Inmediatamente me sonrió. Aquella era la sonrisa más bella que yo había visto en mi vida. Y era mía, obra mía, de mi propiedad.

Mi macho de 25 años se quedó casi instantáneamente dormido, abrazado a mí. Cubrí nuestros cuerpos con la sábana blanca e intenté dormir yo también. El roncaba, mientras nuestras piernas y brazos estaban entrelazados, casi diría anudados. Estaríamos así como una hora, al cabo de la cual yo disimuladamente empecé a maniobrar en su sexo, que respondió como es natural. Me di la vuelta, poniéndome en decúbito lateral derecho, pegando mi culo a su empalme. Noté que su deseo era ahora consciente, porque se aferró a mi pecho con sus manos y me penetró de una sola maniobra. Volvía a tener dentro a mi semental, al que me había regado internamente con su semilla de vida.

Ponte más abajo, me dijo. Lo hice, y él ahora me jodía con más trayectoria. Salió de mí y me dijo chúpamela; y después: quiero follarte otra vez.

Yo me puse bocarriba y le atraje hacia mí, hasta que le tuve encima cara a cara. Pero me dijo: no. Y me agarró fuertemente, poniéndome bocabajo.

Se lubricó el nabo con su saliva, y entonces me montó. Me enculó salvajemente, dominándome. Notaba su jadeante y húmeda respiración en mi nuca.

Me estaba poseyendo un bereber del desierto. Y me lo estaba haciendo con dureza, casi con violencia, como los hombres del desierto, acostumbrados a luchar dura y a veces violentamente contra la muerte y contra la vida misma.

Yo hervía de gusto mientras Faisa me jodía. Todo mi yo se había abierto para su entrada. Para contenerle. Para ser suyo. Yo era la tierra que él estaba arando antes de sembrarla con su leche. Yo le pertenecía, estaba a su merced, quería estarlo, lo necesitaba. Las maderas de mi cama crujían con la gran follada que me estaba pegando.

¡Me corro, cariño! Fue lo último que dijo. Pegó tres sacudidas y me preñó el recto. Me regaló el zumo de su virilidad.

Se quedó aún dentro un maravilloso rato, hasta que la porra se le encogió sensiblemente. Salió luego de mí y me sonrió casi con amor. Me llevas dentro, me dijo. Luego se fue al cuarto de baño, se duchó y vino a vestirse.

Su autobús salía en escasa media hora. Nos despedimos con un beso ya menos hambriento. Sin protestas de volvernos a ver, sin promesas, sin mentiras. Como sin deseo.

Volví al balcón para ver cómo su culazo y su espalda se alejaban. Las pisadas de Faisa se perdían por la acera.

Ya de nuevo sentado en mi sofá, me masturbé sabiéndome inseminado. Le amaba, por qué no. Aquello había sido eterno mientras duró

amaos los unos sobre los otros

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Ibamos ambos muy excitados en el asiento trasero de aquel taxi madrileño. El no paraba de meterme mano en el paquete, parecía que le daba lo mismo que el taxista pudiera coscarse. Yo estaba empalmadísimo, respiraba con dificultad, intentaba sonreír y, por encima de todo, no quitaba ojo al taxista. Por si las moscas. Era un novato.

Llegamos a su apartamento -una especie de cosa ecléctica tirando a moderna- y, antes de colgar los abrigos en el perchero de la pared derecha, mis labios y mis dientes ya tenían una enorme lengua dentro: deliciosa, tibia, con sabrosa saliva de hombre. Pegó su tumefacción a la mía, bragueta contra bragueta, agarrándome las nalgas con sentido de la propiedad. Me llevó casi a rastras al sofá, donde nos refregamos como lo que éramos en aquel momento: animales machos en celo. Yo metía mis manos dentro de sus zapatos, acariciando sus calcetines de lino. El me penetraba la boca, una y otra vez, con aquella lengua alfa.

Frenó en seco, me miró y me dijo “basta ya de intermediarios”. Se refería a la ropa. Se desnudó y me impidió desnudarme: quería hacerlo él. Era la primera verga que veía yo tan de cerca, a centímetros de mí. Acaricié su dulce tersura, su tensión de arma de fuego, la fiereza de su glande, con el poderoso orificio de donde había de salir su chorreón de vida blanca y espesa.

Se adentró con su polla erecta en mi boca, hollando mi garganta, haciendo que mi campanilla acariciara su meato. Mis manos necesitaban sobar sus pies y calentarse en sus axilas peludas. Colocó sus piernas encima de mi espalda. Jadeaba, jadeaba, jadeaba embistiendo contra mi boca. Me la estaba penetrando. Yo sentí que le amaba. Que amaba aquella carne, aquella piel cuyos genitales poseían mi boca. Aquellos poderosos testículos que se encogían y reposaban al ritmo de los vaivenes del pene. Sus talones espoleaban mi espalda, yo no paraba de mirarle a los ojos, que penetraban los míos.

Ponte a cuatro patas, me dijo. Fue al cuarto de baño y volvió con un bote de crema hidratante, con la que untó mi recto y algo alrededor. La dejó en la cama, un poco a la derecha. Pegó su pubis a mis nalgas, yo sentía su miembro, duro y ardiente, abrasar mis huevos y el nacimiento de mi rabo.

Encajó la mitad de la cabeza de su herramienta en mi agujero. Esto me causó un dolor que estimé insoportable, le pedí que me la sacara pero en lugar de eso me dio una diestra embestida y se quedó clavado en mi seno hasta la mitad de su calibre. Yo quise gritar de dolor, pero me salió gemir con una sensación que si no era placer se le parecía excesivamente. Se quedó quieto unos largos segundos hasta que, al fin, me penetró completamente. Yo sentía en mis nalgas su cabellera púbica, cepillándome rítmicamente.

El fuego interior que sentía al principio fue transmutándose en calor, más tarde en calidez, después en locura placentera. Se tumbó sobre mí y empezó a cabalgarme concienzudamente. Sin piedad. Sabiendo lo que hacía, lo que él sentía y lo que estaba provocando en mí.

Date la vuelta, me dijo saliendo de mi ano. Colocó mis tobillos en sus hombros y, sin miramiento alguno esta vez, me la clavó hasta las pelotas sin dejar de afrontar mi mirada. Yo estaba en el cielo del cielo, sintiendo cómo mi cuerpo era su vaina y cómo ansiaba ser, además, su receptor, su tierra. ¡Córrete dentro!, le grité. ¡Claro!, respondió con naturalidad.

Aumentó la cadencia de sus envites, apretó la boca abriendo muchísimo los ojos, echó la cabeza hacia atrás y, en dos gemidos idénticos y únicos, eyaculó en mis entrañas, saliendo inmediatamente de mí.

Sonriendo con cara de pillo, me dijo: así que para eso te regalo yo mi semilla de vida, ¿eh? Para que la escupas por tu agujerito.

Me sentía pleno, con eso tan íntimo dentro de mí, aunque se fuera escurriendo por mi puerta trasera.

El cigarrillo me supo a gloria. Aquello era gloria. Aquello era vida. Y la vida -¿no lo dice el evangelio?- es la luz de los hombres.

Yo aquel día tenía una reunión. Yo aquel día no fui a la reunión que tenía. Ya me excusaría como fuera.

Seguimos los dos en aquel piso más de un día. Como estábamos hambrientos, compramos pan, picadillo de jamón y qué sé yo cuántas tonterías más para reponernos.

Al día siguiente, por la mañana temprano, un tren me esperaba en Atocha.

Caro, carnis. Carne. Ahora sí, ahora la conocía. Y no era débil, era muy poderosa.

 

palpando el verbo

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Necesito palpar lo que yo siento

al tocar las palabras. Una a una.

No amo el son, el acento, el timbre bruto:

amo el silencio. Fin. Por eso escribo.

Para que cuando muera lo que digo,

alboree su silencio, su sentido.

 

La voz, la dulce muerte, lo que queda

tras la articulación y la cadencia:

el Fénix infinito de la idea.

 

Proferir el silencio, pero tan de mañana, tan al alba

que parezca que vamos a morir,

cuando en verdad es vida, pura vida,

latido simple y recto.

 

comunicado del GODF sobre el Aquarius

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El Gran Oriente de Francia afirma su indignación y su más firme condena del rechazo de los gobiernos italiano y maltés, despreciando el derecho internacional y sobre todo la más elemental humanidad, a acoger al Aquarius, barco que ha recibido a más de 600 emigrantes en peligro. Del mismo modo, el Gran Oriente de Francia condena el silencio y la inacción de la mayoría de países europeos, Francia entre ellos, ante una urgencia humanitaria que no presupone nada en cuanto al futuro estatus concedido a estas personas.

Ayer como hoy y fiel a sus principios y a los valores humanistas, el Gran Oriente de Francia recuerda que la dignidad humana no es negociable.

Apelamos al despertar ético de Europa y a una colaboración que permita una respuesta global, compartida y estructural a la cuestión de los hombres, mujeres y niños que huyen de sus países de origen.

Llamamos, finalmente, a las instituciones europeas a una acción firme y coercitiva respecto a los Estados miembros de la Unión Europea que se burlan de los principios elementales sobre los que todavía Europa pretende edificarse. Considerando que si la Unión Europea estima que es más legítimo sancionar a un país so pretexto de consideraciones presupuestarias que por la falta de respeto a los derechos humanos fundamentales, somos pesimistas con respecto al futuro de Europa frente a un auténtico “Munich humanitario”.

 

París, 14 de junio de 2018

 

FUENTE: http://logia-tartessos-godf.org/aquarius/

no hablaré con la Gestapo hasta después de misa

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Imagínalo, vives en Bent. Todo es posible en aquella soportada frialdad, más fría e insoportable por su carácter de tedioso castrante soporte untuoso. En Bent es preso el ser humano, se le niegan ciudadanía, aire, el amor… se sustrae a los seres del roce, todo roce: la piel sólo puede tocar otra piel para darle sepultura, abrazar otro cuerpo únicamente si es cadáver. Por duro, tenso, inhumano que parezca, imagínalo, vives en Bent. Allí Greta no quiere ser Greta, quema su identidad para morir en Georg; Greta-Georg se confiesa ante Max “un verdadero cristiano: no hablaré con la Gestapo hasta después de misa”. Bent. Maravillosa, descarnada, llega a ser tierna película. Max y Horst descubren que se aman. Pero sólo uno de ellos sentirá la tibieza inerme prácticamente fría del cuerpo del otro. Sólo al final la gélida cancerosa homofobia permitirá que dos personas semejantes alcancen a vislumbrar un atisbo de lo que sería entregarse a un roce. Bent, donde habitas. ¿Dónde –Bent- te resignas a habitar?

Continua, cansinamente pactando, Max se niega a abandonar el armario múltiple de su miedo. Vive en pleno eufemismo, porque hasta “pueden arrestarte por tener pensamientos sarasas”. Qué me dices, los sarasas no piensan, no deben, porque entonces el armario, porque entonces el miedo, porque entonces el ser… Vives en Bent, no piensas. Así que, como Max, te dices a ti mismo “seré un sarasa silencioso y discreto”. Maldita “discreción”, desvergonzado zulo de todas cobardías, coartada de atildados glamorosos bienpensantes: rémora y escoria de las libertades.

En el campo de concentración haré muchos tratos. Voy a sobrevivir”. Cuando dijiste eso, tú, sí, tú, Max, firmaste contigo mismo el contrato para malvivir, creyendo que sobrevivías. Aceptaste chupársela al capitán SS, ser amable con el kapo de tu barracón. En el Bent en que vives, tú, sí, tú, Max, maltratas a tus semejantes. Prefieres la estrella amarilla al triángulo rosa porque “el triángulo rosa es lo más bajo”. Y así, en tu Bent de hoy, consientes que un vulgar oberkapo ex SS maldiga tus amores como pecado; permites que su verminosa guardia pretoriana quiera acabar –por lo legal, ante el Constitucional incluso- con las conquistas de los que han dado por ti el sudor de sus luchas. Tú vas a pactar, para qué ser tan radical pudiendo vivir en Bent, vestir en Bent, despreocuparse en Bent para hacer como que crees que estás sobreviviendo, pobre iluso: “los maricas no podemos amar, no quieren que lo hagamos”, ni el oberkapo bávaro, ni los piadosos seres religiosos de una y otra acera.

Te encuentras mal, enfermo. Claro, vives en Bent, vives Bent. Te dice a ti mismo no te preocupes, para algo tienes al oberkapo bávaro, “el te puede dar medicinas si te portas bien…”. Y vas, y te portas. Y haces lo que ellos quieren: humillas la cerviz, mansamente te adentras en tu armario, la medicina que te proporciona el maldito. Allí encierras tu ser. Sales de vez en cuando, siempre el armario a cuestas. Y eres la reina –nocturna- de Bent. Vas al local donde Georg es nuevamente Greta, donde nadie ha oído nombrar a Magnus Hirschfeld, donde –allí- silencias en tu alma a Pastor Niemoller. Y bailas, bailas, bebes, y vuelves a bailar. Hasta el amanecer. Hasta fornicar con tus represores. Hasta chupársela –su podrida mente- a tu oberkapo.

Recuerda, tú: “Primero cogieron a los comunistas, y yo no dije nada por que yo no era un comunista. Luego se llevaron a los judíos, y no dije nada porque yo no era un judío. Luego vinieron por los obreros, y no dije nada porque no era ni obrero ni sindicalista. Luego se metieron con los católicos, y no dije nada porque yo era protestante. Y cuando finalmente vinieron por mí, no quedaba nadie para protestar”. Cogieron a los gays y tú… te armarizaste en Bent. Pero a por ti también vendrán.

No, esto no está pasando, dice Max. Sí, está pasando, está pasando. Horst. Bent.

esta necesaria animalidad

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Releía no hace mucho “Lo que creo”, parte de la obra del gran Bertrand Russell que en España apareció recogida en el libro “Por qué no soy cristiano”, dado a la estampa por Edhasa en 1977 (el tiempo pasa, corazón), y más tarde negativamente emulada por el básico José Antonio Marina en su “Por qué soy cristiano”. Nada que ver. Son dos mundos a infinita distancia intelectual.

Pues bien, recoge el inmenso Russell, en el apartado “Reglas morales” del antedicho trabajo, un par de ideas muy interesantes:

Las reglas morales no deben hacer  imposible la dicha instintiva (…). Pero cuando las reglas son tales que sólo pueden obedecerse disminuyendo grandemente la dicha de la comunidad, y cuando es mejor que sean infringidas que observadas, es indudable que ha llegado el momento de cambiarlas.

La dicha instintiva… Estamos llamados a ser dichosos, a disfrutar. Si le hacemos caso a Russell (nos va mucho en ello), no hemos de depreciar la dicha que él adjetiva como instintiva; esto es, aquella “que es obra, efecto o resultado del instinto, y no del juicio o de la reflexión”. Se está dando en los últimos tiempos una alarmante regresión intelectiva y moral hacia el desprecio de los instintos, de aquella animalidad necesaria que nos reconcilia con nuestro yo, devolviéndonos su verdadera imagen recompuesta, no descompuesta por absurdas moralinas que únicamente incrementan el hipócrita flujo de la doble vida. Incluso en los ambientes gays más desinhibidos, un cierto “apostolado” invisible (extensión de religiosas y beatas garras) se deja sentir por doquier, requiriendo la identificación del sexo con el amor.

Por qué. ¿Es que hay que estar enamorado para disfrutar de la instintiva dicha del folleque? No, en absoluto. Es más, es sanísimo para el cuerpo y la mente fornicar muchísimo, cada día muchas veces (ay), hasta la extenuación, sin más acá ni más allá. El amor es otra cosa, que incluye sexo pero ni lo supone ni ha de cercarlo, encarcelarlo o celarse de él. El sexo es eso, sexo, puro, delicioso, liberador instinto que todos, naturalmente, estamos llamados (por nuestra naturaleza) a practicar.

Digan lo que digan quienes inventan esas leyes que pretenden esclavizar nuestra mente agarrándonos por los bajos (Wilde lo expresó finamente), no debemos consentir sus constricciones, sus sofismas sólo en apariencia morales o inteligentes. Particular atención y vigilancia hemos de mantener hacia quienes quieren detentar la supremacía moral desde las diferentes religiones, siempre en detrimento de nuestra libertad, nuestra autonomía personal y nuestra dicha. De ellos dice Russell que fallan en dos aspectos como maestros de moral: condenan actos que no causan daño y perdonan otros que hacen mucho daño. De este modo -continúa-, sólo pueden causar daño como guardianes de la moral de los jóvenes. Que son, desafortunadamente, su principal campo de acción o… coto de caza.

Por tanto, infrinjamos sus reglas, esas falsas promesas de felicidad, bienaventuranza, disfrutes en un más allá del que ellos mismos abominan porque su más acá es increíblemente cómodo y placentero.

Fíjese el lector, si no, en el daño que las religiones nos han causado y nos siguen causando a las personas gays. Daño que persisten en perpetuar de mil maneras, siempre en connivencia con una clase política de corte totalitario, sus acólitos o brazo secular. Como en España el nacionalista PP.

A las religiones, concluye Bertrand Russell, les interesa el fenómeno que ellas mismas provocan: la doble moral, la hipocresía, que es un halagador tributo a su poder.

Libérate. Tienes derecho a ser dichoso. Sólo tú eres fuente de moral. Sólo tú eres tu dios.

¡marica!

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La primera vez que me llamaron marica fue en sexto de EGB. Volvía a casa por los adoquines de la calle del cine, al salir del colegio Menéndez y Pelayo, donde, mientras Doña Maruja daba su clase de Sociales, mi compañero de pupitre y yo nos lo habíamos pasado de película con la primera paja preadolescente. Nos habíamos explorado mutuamente: cada centímetro, cada mirada (a medio camino entre la desconfianza y la absoluta entrega, propia de orates y de enamorados), espiando cada reacción del otro, y juntos enroscamos, como supimos, el silenciador a nuestros jadeos y al estertor final, entre los sujetos espasmos de aquel recién inaugurado placer, tan cercano a la niñez que fue como seco, a excepción de la cálida y untuosa memoria táctil de mi diestra.

Mi compañero de clase, pupitre y manola se paró en seco a la altura del bar del cine, me miró con esa torva mirada del confesor cómplice y solicitante, espetándome: ¡marica! Le dije: tú también eres marica, tú también me la has meneado. Sí –contestó-, pero lo hice sólo para que tú no pararas de meneármela. El marica era yo; él, heterosexual triunfante, pajeado y relajado. A los pocos días, subió Carrero Blanco al cielo gris de Claudio Coello.

La segunda vez me llamaron marica en el instituto, no recuerdo el curso. Un alumno de cursos superiores me vio acariciando el pelo a quien yo no sabía que era mi amor, sino únicamente mi amigo (cuántos amores enormes, verdaderos, únicos, se habrán malogrado por el camino, por culpa de las diferentes absurdas homofobias). Su chica le había dejado, yo estaba intentando consolarle. El otro, agazapado en la sombra, saboreaba cada detalle de la escena, y cuando me quedé solo irrumpió plantado frente a mí con los brazos en jarras, sonrió con desfachatez de novicia descarada y me disparó: ¡marica! Luego, escapó.

Lo que es la vida: volví a encontrármelo, también cara a cara –la suya fue de espeso y descerrajado pánico-, muchos años después, en circunstancias que le hicieron perder la sonrisa, pobre hombre. Estaba yo en un bar de ambiente en Sevilla, charlando tranquilamente –entre risas y copas- con unos amigos, cuando se abrió la puerta (yo me encontraba frente a ella), y entró mi antiguo condiscípulo, que frenó estrepitosamente al verme. Tan bloqueado se quedó, que daba lástima, pobre hombre. Como supe que verme había sido la causa de su temporal parálisis, me aparté de la barra y fui a su encuentro, le saludé y al fin pareció volver en sí; declinó mi invitación de compartir un rato con nosotros, para, en lugar de ello, pedir la típica cerveza de subida al cuarto oscuro. Pero el marica oficial era yo. Aquel verano, Zapatero y el Jefe del Estado firmaron en Valencia la reforma del matrimonio que, después, la iglesia católica y la caverna fascista quisieron sepultar bajo toneladas de virutas de hostias, rogativas, cuentas de rosario y sórdidas manifas episcopales.

Después me han llamado marica, maricón, parguela, bujarrón, julay, etc (jamás consiguieron insultarme) repetidas veces, sobre todo tras mi salida del armario. Todos han sido gays ocultos en las profundidades de su armario. Todos, sin excepción.

Los últimos insultos –explícitos- contra todos los gays vinieron del papa Ratzinger, a quien en la Città Leonina apodaban, sotto voce, Suor Giuseppina. Estoy firmemente convencido de que es un homosexual terriblemente atormentado por su propia orientación sexual y afectiva. Esta obsesión y disconformidad con su propia homosexualidad es tal, que le llevó a pretender exorcizar lo que no es fantasma ni demonio contra natura, sino naturaleza, a base de las injurias, vetos, anatemas e interdicciones que lanzó, en su patético historial homofóbico desde que llegó a Roma, contra las personas LGTB, sus semejantes.

Mi compañero de pupitre me llamó marica. Mi compañero de instituto me llamó marica. Suor Giuseppina nos llama desórdenes morales objetivos. Todos, sin excepción, son homosexuales armarizados, víctimas y verdugos de esa ominosa homofobia internalizada que asola y arrasa.